Crítica cinematográfica de MILLION DOLLAR BABY
MILLION DOLLAR BABY: ARTE EN EL CUADRILÁTERO
No entiendo el boxeo. No me gusta. Me parece cruel, antinatural, casi aberrante…inhumano. O puede que se trate de todo lo contrario: quizá sea algo tan humano, que resulta demasiado para soportarlo. Nobleza y miseria van unidas de la mano en este deporte (si es que se le puede llamar así) que probablemente es el único que nunca deja indiferente a nadie. Tal vez por ello tantas películas ambientadas en el mundo del boxeo han llegado a ser consideradas míticas, desde la última que protagonizó Humphrey Bogart, “Más dura será la caída”, hasta el sueño perseguido por Sylvester Stallone en “Rocky”, pasando por la caída y auge de Jake La Motta, el “Toro Salvaje”. A todos estos ejemplos de cine intemporal se acaba de unir la obra de arte absoluta que es “Million Dollar Baby”.
Frank Dunn (Clint Eastwood) es un viejo entrenador de boxeo que regenta su gimnasio con la ayuda de Eddie Scrap (Morgan Freeman), su amigo. La vida da pocas alegrías a Frank, un hombre al que los golpes en el alma han ido endureciendo a lo largo de los años. Es hosco, duro, impenetrable. Pero cada día va a misa, probablemente para tener algo a lo que agarrarse, para no caer en el abismo de la soledad absoluta que se acrecienta cada vez que recibe devueltas las cartas que envía a su hija a la que no ve desde hace años. Nunca sabemos qué error fue el que cometió Frank, pero sí que lo lamenta cada segundo de su vida. Sin embargo, la aparición de una voluntariosa y tozuda chica en el gimnasio hará que la coraza de Frank salte por los aires, dando lugar a una de las historias más humanas, tristes y honestas que nos ha regalado el cine en mucho tiempo; convenciéndonos (si es que hacía falta) de que en Clint Eastwood tenemos a un auténtico genio y artesano del cine, y haciendo que nos enamoremos de la interpretación más prodigiosa y emotiva del año, la de Hilary Swank en el papel de Maggie Fitzgerald, salida de la América profunda para luchar por su sueño, ser boxeadora, hasta entregar el último suspiro de energía. Si al viejo entrenador el sufrimiento lo endureció, a la joven la hizo inasequible al desaliento. Ante tanta perseverancia, ante tanta fuerza interior capaz de superar cualquier obstáculo, la resistencia de Frank acaba cediendo, y poco a poco Maggie se convierte para él en la hija que añora, y él para ella en el padre que tanto la quiso. El único que la quiso.
Gracias a sus cualidades y a que es sabiamente guiada, Maggie se va convirtiendo en una estrella del cuadrilátero que arrasa con todo lo que se le pone por delante sin perder nunca la ilusión. Terca como una mula pero agradecida como una chiquilla, va subiendo peldaños hasta que logra pelear por el título mundial contra la campeona. Y es absolutamente imposible hablar más del argumento sin hacer un flaco favor a aquellos que vayan a ver la película. Baste decir que es la mejor cinta de Clint Eastwood, tan dura como “Sin perdón”, o más. Tan tierna como “Un mundo perfecto”, o más; con ese deje de melancolía y pesimismo antropológico que casi todas sus películas tienen, y aún así no carente de humor. Que nadie se acerque al cine buscando una explicación del boxeo o una glorificación del mismo. No la encontrará: sólo hallará una áspera descripción, sin adornos ni florituras, de cuán prodigiosa fuerza es capaz de desplegar un ser humano dispuesto a darlo todo por conseguir aquello que anhela, aunque esto sea que le partan la cara sobre una lona; sólo hallará a seres humanos en estado puro, valientes frente a la vida y la muerte, y enfrentados en la más amarga soledad a terribles decisiones ante las que hasta el mismísimo Dios parece haber desaparecido. Quien vaya a ver esta película recibirá en el mentón de su alma un gancho tras otro, hasta caer noqueado en un éxtasis de emoción. No sobra nada, no falta nada. La música, compuesta por el propio Eastwood, los encuadres, los diálogos, las miradas...todo encaja maravillosamente en un perfecto mecanismo de relojería en el que lo que oímos no es un frío tic-tac de reloj, sino el cálido latido de un corazón.
“Million Dollar Baby” es la vida misma. Sólo hagan caso de una advertencia: no bajen nunca la guardia. Esta peli golpea duro.