TIEMPO MUERTO
Parece últimamente que el bienestar, la libertad y la felicidad son, por decreto, cotos vedados para el uso y disfrute de la gentuza: etarras (ahora son tan bien acogidos aquí, que los condenados en Francia se quieren venir de vacaciones a territorio enemigo), nacionalistas radicales (absolutamente libres, incluso para acabar con la libertad de los demás), políticos iletrados cuyo vocabulario consta de cinco palabras (Irak, Yak, Prestige y “memoria histórica”) y, en general, cualquier chusma bajuna y violenta que se pueda imaginar.
Ante tanto desastre, las personas decentes se echan las manos a la cabeza y se desesperan, profundamente frustradas por la sensación de no poder hacer nada. Pero un día se dan cuenta de que, por serios que sean esos problemas, no pueden permitir que todo ello les convierta en personas resentidas y tristes; comprenden que para no volverse locos tienen que aprender a olvidarse a ratos de la política y del mundo, para pensar sólo en tonterías y simplezas. Y entonces cada uno encuentra su cueva escondida o su cabaña colgada de un árbol: las películas, el campo, los libros, el deporte, mirar los pájaros revoloteando entre los árboles, seguir el viaje de las nubes por el cielo o abrazar a la mujer amada sin decir nada. Cualquiera de esas cosas, u otras mil diferentes, son las que ayudan a cada cual a seguir adelante cuando toca volver a la cloaca pestilente que parece imposible de limpiar. Porque siempre toca volver a ella.
Y así, cuando llega el momento, cierran el libro, o dejan de mirar los gorriones, y voluntariamente vuelven a respirar el aire fétido y corrosivo. Y lo hacen porque tienen la esperanza de ayudar a renovarlo algún día. Porque saben que ser más libre pasa necesariamente por tratar de ser menos ignorante cada día, aunque ello acarree infelicidad. Y porque saben que, en definitiva, buscar la libertad y estar dispuesto a sacrificar algo por ella es lo único que hace que esta pena merezca la vida. O que esta vida merezca la pena. Total, ¿acaso no es lo mismo?