¿LEER PARA SER FELICES?

¿LEER PARA SER FELICES?
Pues así, a bote pronto, no. Definitivamente no. Hace poco tiempo, algunos intelectuales decían en los medios que había que leer porque eso nos haría más felices. Tal argumento (a la altura del actual nivel cultural) es raquítico, pues aunque la lectura puede dar mucho -hasta sentido a nuestras vidas-, nos arrebata la felicidad que produce la ignorancia, felicidad que, según parece, no es poca. De hecho, por más que sea lo que todos buscamos (a lo mejor ese es el error, intentar atrapar nuestra sombra), la misión de los humanos en la vida no es ser felices sino, como la de cualquier ser vivo, sobrevivir y perpetuar la especie; Quizá gran parte de nuestra infelicidad derive de la frustración que nos causa el no poder cumplir con la imposición social de “ser felices todo el tiempo”. Piensen, si no, en la Navidad.
Una reciente encuesta sobre hábitos de lectura informa de que casi la mitad de los españoles lee al menos una o dos veces por semana; basta con dar un paseo, entrar en una facultad o poner la tele un rato para saber que el dato es, indefectiblemente, mentira. Se ve que en esta encuesta han mentido casi tanto como en las que se hacen sobre hábitos sexuales: si en unas resulta que todos somos sementales, en las otras pasamos por ratones de biblioteca. Sin embargo, el estudio también informa de que la otra “casi mitad” de los españoles no lee, y más de un tercio no lo hace nunca. Y esto sí que es creíble, además de terrible, pues la lectura es como el plano del tesoro de la vida, la guía para entender lo que sucede o para no volvernos locos si no lo entendemos; la medicina, en fin, para elevarnos un poco sobre los instintos básicos, porque, si en nuestras vidas no hay algo más que en la de los animales, ¿qué nos separa de ellos?
Aunque la lectura de un libro pueda proporcionar inmenso placer, quien se obligue a leer u obligue a otro, yerra gravemente; la experiencia enseña que forzar a alguien, por más que sea con buenas intenciones, es contraproducente: parece preferible que una persona sea indiferente a la lectura a que la odie. Es posible que la técnica más adecuada sea dar ejemplo. Y si así conseguimos que el deseo de leer arraigue, se convertirá en un afán cuando germine, y en una necesidad cuando florezca. Porque habrá nacido de una inquietud, de una curiosidad, de una búsqueda. Y entonces esa persona comprenderá que leer no es sólo leer, sino aprender a hablar, a escribir y a entender; modelar el alma, curtir la mente, y prepararse para no ser engañado con facilidad. Y también saber elegir, es decir, saber renunciar (porque tan importante como leer es tener buen criterio a la hora de escoger qué: la bazofia es bazofia, aunque more tras lujosas tapas duras).
Leer no es, como creen algunos necios, el último recurso contra el aburrimiento, sino el primero para expandir nuestra vida hasta límites imposibles e impensables. No lean para ser felices, háganlo, simplemente, para ser.
La Voz, Jerez, 28 de mayo de 2006