QUEDAN HÉROES

QUEDAN HÉROES
Y yo los vi. A mediodía, bajo el sol, montados en sus caballos metálicos Santana 4x4. Estaban fuera de lugar, seguramente de paso, circulando por las avenidas de Jerez. ¿De dónde volverían?, ¿hacia dónde irían?, ¿Conil, Chiclana, Los Barrios…? Da lo mismo; el caso es que nunca los había tenido tan cerca, porque ellos suelen habitar esas pesadillas infernales que nosotros sólo visitamos durante el noticiario: los incendios del bosque. Yo vi héroes españoles aunque, en realidad, como en el caso de los árboles y animales que arden, su pasaporte no tiene importancia: son iguales aquí, en Rusia, en América o en Portugal, a lomos de un todo terreno, volando un hidroavión o esquivando cables desde un helicóptero.
El vehículo carecía de aire acondicionado y estaba abarrotado de aperos apagafuegos, pero ellos ni siquiera parecían acalorados; los cuarenta grados que para nosotros son un padecimiento, no son nada comparados con el calor mortal al que suelen enfrentarse, casi siempre acompañado de humo, cenizas, y de un terrible peligro que llevan pegado al cogote en todo momento: el de morir calcinados. Aparentaban estar relajados, pero sus caras, jóvenes aunque curtidas, reflejaban seriedad y tensión. Y a pesar de que sus intervenciones casi siempre son necesarias a causa de la maldad y la negligencia de otros, en sus rostros no se veía ira ni reproche alguno; lo que de verdad transmitían era decisión, esa mirada inconfundible de quienes saben que cumplirán con su deber cueste lo que cueste. Gentes que no dudan a la hora de enfrentarse al enemigo implacable, aunque no esperen victorias ni ovaciones, pues saben que van a una batalla que perderán aunque ganen. Seres vulnerables, pero valientes; hombres que no son nada ante llamas de veinte metros de altura, y que, a pesar de todo, las atacan de raíz. Auténticos héroes. No lo sabemos, o sí, pero los condenamos a muerte cada vez que tiramos una colilla por la ventana del coche, cada vez que apagamos una barbacoa de cualquier manera, cada vez que encendemos una hoguera descuidadamente... En efecto, nuestros despistes son mucho más que eso: son la ruina de la tierra y la condena de las personas; el desarraigo total del hombre y la ruptura definitiva con su ambiente.
No sé cuánto ganan pero, sea lo que sea, es mucho menos de lo que merecen, porque no hay dinero en el mundo para pagar lo que ellos hacen: aún tenemos fresco el recuerdo de los muertos de Guadalajara, pero pocos recuerdan a los que tuvimos hace poco más de una década en Grazalema. Sólo su familia, sus amigos y, quizá, los pinsapos, se acordarán de ellos. Pasó, pasa y seguirá pasando, aunque nadie grite ahora consignas políticas porque ya no conviene derribar al gobierno. Sin embargo, y aunque no sirva para nada, no puedo reprimir este grito que me sale del alma: “NUNCA MÁS”.
La Voz, Jerez, 30 de julio de 2006