DE COPAS POR LA VIDA
AUNQUE EN LA VIDA ASPIRES A ESTO...

DE COPAS POR LA VIDA
Recuerdo de mi época adolescente, que para la mayoría de nosotros, hombres muy jóvenes, el objetivo principal de una noche de juerga era ligar con la tía más buena que se pudiera. Nada que objetar, por supuesto, a ese instinto animal: al fin y al cabo, tenemos las mismas necesidades básicas que el perro del vecino. El caso es que las noches empezaban con elevadas expectativas. Con suerte, lograrías retozar con la diosa rubia de la lujuria, esa que llevaba las botas de tacón cachondonas. Luego empezabas a beber, y tu concepto de diosa cambiaba en relación inversamente proporcional al número de tragos: un par de cubatas más tarde, la morena gordita, pero con cara simpática, era tan apetecible como la valquiria. Transcurridas cuatro copas, y como tampoco la morenita te hacía caso, tu objetivo era una retaca a la que perdonabas piadosamente el bozo y las espinillas. Y al día siguiente, resacoso perdido, no te explicabas cómo pudiste terminar con aquél fenómeno geológico-culinario lleno de cráteres y mayonesa, del cual borraste convenientemente todo rastro en tu memoria histórica. Eso, claro, si llegaste a pescar algo.
Si lo anterior es patético, al menos tiene el pase de la inconsciencia juvenil y el imperativo biológico. Sin embargo, no reparamos en que nuestra vida es como una larga noche de cubatas: de niños, nada puede frenar la energía inagotable ni los mágicos sueños. Acabamos de llegar a la discoteca, y seremos astronautas, deportistas de élite, o grandes cirujanos, como House pero sin amargura ni cojera. Nos casaremos con la mujer maravillosa, tendremos hijos aún mejores que nosotros, todos nos querrán, y viajaremos mucho.
Llegamos a la veintena con las ilusiones todavía intactas: tenemos o creemos tener talento, y aún somos dueños de nuestro destino. Sin embargo, en algún punto entre los veinte y los treinta, empiezan a pasarnos factura los cubatas de la vida. Un día te das cuenta de que no sólo no eres astronauta, sino que ya nunca llegarás a serlo. Y los tragos no han hecho más que empezar. Probablemente con cuarenta años te verás obligado a mentir y mentirte continuadamente para olvidar que no has cumplido casi ninguno de los objetivos que tenías dos décadas atrás: el trabajo te aburre, ganas poco. Viajas una vez al año, y sólo para descubrir miles de clones haciendo circuitos turísticos igual que tú. En realidad, sólo has ido de viaje para decir que has ido de viaje. Tus hijos son niñatos insoportables, pero no lo reconoces ni permites que nadie te lo diga. Quieres romper con todo, volver atrás ahora que sabes cuáles son los errores que tendrías que haber evitado, pero es imposible, pues ya son muchas las cadenas que los liliputienses han puesto sobre el gigante que un día creíste ser. Y lo peor es que aún tienes por delante media vida para fingir que eres feliz. Claro que, a lo mejor, estoy equivocado y esta columna no tiene nada que ver con la realidad…podría ser, sí, pero si yo tuviera veinte años y leyera esto por casualidad, me marcaría como objetivo poder decir, dentro de veinte años, que lo que acabo de leer no se parece en nada a mi vida. Es difícil, pero posible, aunque no me pregunten cómo se hace, porque no lo sé.
La Voz, Jerez, 6 de agosto de 2006
...PUEDE QUE AL FINAL TE TENGAS QUE CONFORMAR CON ESTO
