Y VAN 100...

Y VAN 100…
…con esta. En efecto, las líneas que están leyendo suponen mi centésima columna publicada, todo un hito (para mí) que hoy celebro. Serán muchas para algunos, y pocas para otros, pero cuando empecé no pensaba que duraría tanto. Tienen toda mi admiración quienes son capaces de escribir con calidad aceptable cada día, porque, lo que es a mí, este pequeño parto semanal me cuesta horrores. Cuando llega el miércoles y el zurrón de las ideas sigue vacío, empiezo a intranquilizarme; si el jueves aún no tengo nada, los nervios me pueden. Y si estamos a viernes y las musas (que no existen) aún no me han visitado, la desesperación se apodera de mí con sus garras hirientes, y no me suelta hasta que el correo electrónico ha sido enviado al periódico. Sí, es una lata dedicarse a esto y no vivir de esto, lo que pasa es que tiene compensaciones como poder despacharte a gusto con la gente miserable en cuyas manos estamos. Claro que a esa gente, como es inasequible a la vergüenza, le resbala lo que un columnista de provincias pueda escribir.
Al principio quería ocupar tanto espacio como fuera posible, y era fastidioso tener sólo una columnita. Sin embargo, ahora sé que fue bueno el consejo que me dio Rafael Navas: “Una columna pequeña estimula la capacidad de síntesis y, además, la lee más gente”; y me basta con analizarme a mí mismo como lector para comprobarlo: son incontables las columnas que dejo de leer tras un par de líneas, pero reconozco que, más que por flojera, es porque tres cuartas partes de las que se escriben en esta ciudad son auténticos pestiños. Aunque se suponía que debía limitarme a cuestiones locales, este pueblo es tan aburrido, cateto y deprimente, tan pachequil, por decirlo en una palabra, que me resultó imposible. Y así, en este pequeño rincón que es “A cada uno lo suyo”, hemos hablado de hombres, de dioses, y de hombres que se creen dioses; de niños, niñatos, y de la delgada línea educativa que los convertirá, o no, en chusma cuando crezcan; del comunismo y todo lo bueno que trajo al mundo (abono para la tierra en forma de 100.000.000 de cadáveres); de las dictaduras buenas, que matan con hoz y martillo, y de las malas, que son las demás; del nacionalismo que torea a la Piel de Toro y le dará la puntilla; de Castro, bicho malo, y de Chávez y Cháves, cuyos regímenes se parecen más aún que sus apellidos; de la ley y el orden, que se nos escapan de las manos como agua entre los dedos; de Europa y el triste futuro islámico que la espera; de la Feria y el botellón, que ya son lo mismo; de la sequía, de los linces que se van y los incendios que se quedan; de las guerras malas, que tienen barras y estrellas de cinco o seis puntas, y de las buenas, que son las demás; de la paz de verdad, que cuesta sangre, sudor y lágrimas, y de la de mentira, que nos pone de rodillas; de los atentados que derriban gobiernos en países de cobardes; de películas y libros, que son los sitios donde sigue estando casi todo; de alianzas de payasos, y de muchas cosas más, siempre con voluntad de resistencia ideológica frente al torrente de pensamiento único que nos inoculan sin parar.
Es posible que lo que escribo desprenda un aroma que algunos de ustedes identifiquen con el pesimismo, pero no se confundan, pues no es más que realismo. Quizá el futuro traiga columnas más fáciles de digerir, aunque no trataré de engañarles: visto lo visto, lo dudo.
