EL HOMBRE CAÍDO
Hay vida más allá de la basura televisiva, más allá de la bazofia política. A veces son las historias pequeñas e inesperadas las que te dan la energía para poder soportar el devenir de las cosas a gran escala. Al final, como siempre, lo verdaderamente importante es el ser humano enfrentado a sí mismo cada día.
EL HOMBRE CAÍDO
Llovía sin parar, a ratos a cántaros. Los coches levantaban cortinas de agua, y la tarde caía desapacible. Pero el hombre estaba allí, tirado en la acera, empapado, arrastrándose como si buscara algo muy valioso. El paraguas a un lado, roto, empujado por el viento. Y él, a cuatro patas, gateando torpemente. Solo. Indefenso. El joven se acercó, preocupado: “¿Está usted bien?, ¿le pasa algo?” -dijo. El señor levantó distraídamente la cabeza y, sin poder fijar bien la mirada, respondió: “¡Ay!, ¡que estoy ebrio, que estoy ebrio!”, con una voz que daba penita. No buscaba el anillo ni la cartera, sino el equilibrio. Su cara y sus manos llenas de sangre mezclada con agua; su aspecto, lamentable; su comportamiento, en cambio, exquisito, pues el alcohol no lo había tornado violento, sino melancólico y triste.
El muchacho tenía cosas que hacer, y eso era casi siempre lo prioritario para él, pero diluviaba, y allí había alguien necesitado de auxilio. Así que, abrazándolo como si fuera su novia, le ayudó a levantarse. De repente, vio venir corriendo a un veinteañero de esos que llevan piercings y ropa fashion, y antes de que pudiera pensar que era un niñato haciendo el tonto, el niñato estaba agarrando al hombre por el otro brazo, y entre los dos le ayudaban a cruzar la avenida. El joven se sintió culpable y estúpido porque había juzgado mal al chico, como estaba seguro de haber hecho en tantas otras ocasiones. Intentaron sentar al señor para que se recuperase un poco, pero no quiso; la vergüenza y las ganas de llegar al hogar eran irresistibles. Dijo sentirse mejor, y tras dar las gracias se marchó, tambaleándose, con su paraguas destrozado. No andaba, corría, desesperado quién sabe por qué remordimiento. Y volvió a caer, ¡pumba!, y los chavales se maldijeron por haberlo dejado marchar. Más sangre y lamentos: “¡Mis gafas, que se me han roto!” Pero, milagrosamente, no estaban rotas, sólo caídas a unos metros. Volvieron a levantarlo del suelo, y esta vez lo acompañaron a su casa; entre los dos se las arreglaban bien, y aún así la gente les preguntaba si necesitaban ayuda, y eso emocionó al muchacho, pues estaba convencido de que vivía en una sociedad en la que la solidaridad sólo era cosa de pancartas y pegatinas.
Mientras caminaban, el hombre se lamentaba, enrabietado contra sí mismo y su debilidad: “¡Qué malo es el alcohol!, ¡qué malo que es!” Finalmente llegaron, y acertó a pulsar el botón del portero automático y pedir por favor a su mujer que le abriera. Se despidió, agradecido, dando la mano a las personas que habían manchado sus ropas de sangre y perdido su valioso tiempo sólo porque el instinto humano de ayudar al necesitado había aflorado por encima de las capas y capas de egoísmo que van cubriendo el alma a lo largo de la vida. Los tres desconocidos, que nunca se volverían a ver, marcharon cada uno por su lado. Y mientras el joven se alejaba, sintió que su gastada batería de esperanza se recargaba un poco, pues aunque la humanidad no tiene futuro, él supo que siempre quedaría una rendija de luz para el ser humano. Pensaba en ello cuando se dio cuenta de que estaban a punto de saltársele las lágrimas. Pero se sentía bien: había ayudado a un semejante simplemente porque sí; hacía años que no perdía su tiempo de mejor manera.
La Voz, Jerez, 29 de octubre de 2006