HOMBRES DE LEYENDA

El Endurance (=Resistencia), el barco de Shackleton.
HOMBRES DE LEYENDA
Imaginen ustedes que, ojeando cualquier suplemento de trabajo, descubren esta oferta: “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Y ahora especulen sobre el número de personas que hoy codiciaría una plaza en dicho viaje: en efecto, una o ninguna, pues en estos tiempos de olvido y oscuridad, la heroicidad es un concepto arcaico. Sin embargo, no hace tanto tiempo que la raza humana era capaz de resistencias impensables y victorias imposibles, y los jerezanos tenemos la oportunidad de comprobarlo visitando la exposición “Atrapados en el hielo”, que mantendrá sus puertas abiertas hasta el próximo día 26 de noviembre. Se trata de una muestra fotográfica sobre el fracaso más victorioso de la historia de la exploración polar: la increíble aventura de supervivencia de Shackleton y sus hombres.
En 1914, ambos polos habían sido conquistados por el hombre, el Norte por un americano, y el Sur por un noruego. Nadie, sin embargo, había atravesado la Antártida de parte a parte. Este fue el desafío que se planteó, a mayor gloria del Imperio británico, Ernest Shackleton, viajero polar que tenía en esa aventura la última oportunidad de poner su nombre junto al de los más grandes. Shackleton había estado durante años a la sombra de Scott (ilustrísimo inútil cuyo desastre no se debió a la mala suerte, sino a su manifiesta incompetencia y falta de liderazgo), y en él tuvo un buen ejemplo de todo aquello que no debía hacer. Con respecto a Amundsen, en cambio, tuvo humildad para imitar una parte de sus planteamientos, aunque no la inteligencia suficiente como para copiarlo en todo y aceptar que se trataba del mayor genio de la exploración a altas latitudes que vería el mundo.
Así, al mismo tiempo que comenzaba la Primera Guerra Mundial, daba inicio la última gran aventura antártica. Sin embargo, el objetivo de la expedición bien pronto dejaría de ser la travesía del continente para convertirse en la simple supervivencia: un invierno adelantado atrapó al barco en el hielo y, tras nueve meses de resistencia, el “Endurance” sucumbió a la presión como una cáscara de nuez bajo la pata de un elefante. A partir de ahí, campamentos sobre el hielo a la deriva, a decenas de grados bajo cero; penosas marchas, sin éxito, al continente; viajes en botes salvavidas hacia islas diminutas para poder pisar tierra firme; la separación en dos grupos; la imposible gesta marinera de cinco hombres navegando 1.300 kilómetros en un bote por las aguas más infernales del mundo; la travesía desesperada y agónica de glaciares y cordilleras en busca de una remota estación ballenera; y, tras semanas de burocracia e intentos fallidos, el rescate final de los miembros de la expedición. Resultado: ninguna baja y 28 supervivientes, muchos de los cuales se alistaron de inmediato para seguir sirviendo a su país en la guerra.
Seguramente ninguno de ustedes querría formar parte hoy día del grupo de Shackleton, pero es posible que sí quieran maravillarse y aprender algo sobre lo que la voluntad, el optimismo y la capacidad de liderazgo de un hombre pueden conseguir. Si es así, no dejen de visitar a Shackleton y su equipo. Están en el Callejón de los Bolos.
La Voz, Jerez, 5 de noviembre de 2006

Ernest Shackleton
¡Qué tiempos!, tan cercanos que los hijos de estos hombres aún están entre nosotros, y tan lejanos que sus historias parecen cuentos mitológicos protagonizados por seres de una raza extinta. La raza de los hombres, hoy degenerada en semihombres o minihombres, y no precisamente por el tamaño físico.
Pero aún hay resquicio para que el recuerdo no se pierda, pues nos quedan los libros, nos queda la historia, el relato, (y, en este caso, incluso las fotografías), para revivir lo que no pudimos vivir, o quién sabe si para que alguien de las generaciones venideras pueda protagonizar gestas similares a las de una época en la que la medida de las cosas era la capacidad del espíritu humano.