ZANIDÁ ENFERMA

ZANIDÁ ENFERMA
Al igual que ocurre en el caso del sistema educativo, gran parte de los ciudadanos tiene la sensación de que la sanidad pública andaluza se encuentra sumida en una espiral degenerativa “imparable”. El último sobresalto ha sido el colapso en los servicios de urgencias de los hospitales Reina Sofía de Córdoba e Infantil de Málaga, con esperas de hasta diez horas, diez, para recibir asistencia…urgente. Claro que eso es tan sólo un ejemplo del chorreo continuo de informaciones que delatan el lamentable estado en el que se encuentra sumido ese pilar fundamental de lo que llaman “estado de bienestar”: desde el psiquiatra que abandona el SAS porque le exigen que sólo dedique cinco minutos a cada paciente (-Doctor, doctor, quiero decapitar a mi mujer y cocinar a mi hijo al horno. -¡El siguiente!), hasta el cierre exagerado de camas en ciertas fechas, como si las enfermedades respetaran el calendario; desde la persona que ya descansa eternamente, pero a la que llaman para operarla tras una eternidad en lista de espera, hasta el que tiene que aguardar cinco años para que el SAS le conteste sobre una presunta negligencia médica; desde facultativos que llegan a ver a más de 190 pacientes al día (nunca mejor dicho lo de “ver”), hasta residentes que en época de vacaciones se ven obligados a asumir responsabilidades que no les corresponden; y todo ello pasando por las crecientes tensiones que se generan con la población inmigrante (“¿Vais a atender a este antes que a mí?”), o por el hecho de que los médicos de nuestra tierra sean de los peor pagados del país. Mientras tanto, la sanidad andaluza gusta de colocarse la pegatina de pionera y progresista, siendo, por ejemplo, la primera de España que costea el cambio de sexo, permitiendo que miles de guiris con mucho más dinero que nosotros vengan a operarse en nuestra costa (y a nuestra costa, los muy caraduras), y enarbolando, en fin, la bandera multicolor del progresismo, que consiste en perjudicar a la mayoría para obtener el aplauso de las minorías.
Pero, más allá de las anécdotas, las cuestiones clave parecen ser el reparto y la asignación de medios: cada vez somos más, más viejos y más débiles, por lo tanto hay que aumentar el presupuesto sanitario, sí o sí. Ojalá los recursos fueran ilimitados y la sanidad pública pudiera cubrir las lentillas de colores, la fotodepilación, y hasta un pedicuro que te cortara las uñas a domicilio, pero no es el caso, así que lo mejor que se puede hacer para mantener decentemente este sistema sanitario es gastar más dinero (si hay que atender a más gente, tienen que aflojarse más euros), gastarlo mejor (menos propaganda y más camas, menos sectarismo y más sentido común), y copiar muchas cosas de esa sanidad privada a la que, por algo será, tantos pacientes se derivan.
Volviendo a la noticia con la que dábamos inicio a esta reflexión, parece ser que la medida de choque estrella (bastante laxa, por cierto), para revertir la situación ha sido “agilizar” las altas. Afortunadamente, la Junta, que todo lo ve y todo lo oye, ha anunciado una inversión de 110 millones de euros para la modernización integral del Hospital Reina Sofía. La información apareció el mismo día que la de los colapsos en urgencias, lo cual, por supuesto, es casualidad. Lo cierto es que con tanta y tan buena publicidad (¡Déjate ingresaaaá, en los hospitaleeee!) darían ganas de ponerse enfermo y que lo encamaran a uno…si hubiera sitio, claro.
La Voz, Jerez, 17 de diciembre de 2006